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Vaya paradoja la de algunos estudios literarios de las últimas décadas en nuestras universidades; por un lado la obsesión de fijar un canon de lectura, petrificando la historia mismas de los textos, cuyo decurso es imprevisible; por otro, el abandono sistemático de las fuentes y su reemplazo por la intermediación del comentarista, sin importar mucho la calidad de éste; la pérdida de una visión transversal y multidisciplinaria de la literatura y su progresivo confinamiento en perspectivas ideológicas reduccionistas, muchas de ellas respaldadas por extrapolaciones antojadizas o poco rigurosas de matrices tomadas de las ciencias duras. Por cierto estas extrapolaciones se encubren en un lenguaje deliberadamente hermético, con auras de profundidad que sólo buscan esconder la escasez de pensamiento y la falta de rigor metodológico. Alan Sokal realizó un catastro exhaustivo de esta lacra vergonzosa y la denominó con justeza “Imposturas Intelectuales”. La manipulación del pensamiento por medio de cataratas verbales sin sentido, apoyada en una seudo erudición que abusa de terminologías rebuscadas o analogías antojadizas, es un anzuelo fácil de explotar por los charlatanes. Uno esperaría una actitud más autocrítica y menos complaciente, pero la creciente burocratización profesionalizante de la vida académica, promueve redes destinadas a defender la impostura y a victimizar a sus detractores. Un larvado autoritarismo manipula modelos de las ciencias exactas y aplicadas no para invitar al debate audaz sino para sentenciar pequeños monopolios que buscan domesticar el misterio de la creación artística bajo tal o cual paradigma deficional. Frente al visado de estos “mandarines de la academia” – el término es de George Steiner-, es legitimo preguntarse si todo lo concerniente a la literatura es realmente enseñable o no.
No se trata tan sólo de que haya zonas prohibidas para estos turistas subsidiados por aparatajes universitarios e ideológicos, sino de que la creación artística en general no admite el cerrojo de centinelas a sueldo que manufacturan formulaciones definitivas, codificadores para los cuales la libertad sigue siendo una advertencia inquietante. Sospecho que el comentarista posmoderno, anulador de consideraciones que rebasen lo puramente textual, remisor a una parafernalia infinita de citas a otros comentaristas, provisto de escaso juicio estético, gusta de estos ejercicios onanistas por falta de modestia ante el creador, convertido tan solo en “pretexto”, hospedaje de paso, para un discurso secundario y colonizador, las fuentes de la literatura transformadas en valor de cambio, esto es, entidades que dejan de ser en sí mismas su propio fin. Nada parece tener una identidad maciza. Y los impostores califican de reaccionarios o represores a quienes postulan distinciones de jerarquías, criterios de objetividad, o un cierto marco mínimo de racionalidad crítica. Así el pensamiento vigoroso es repudiado y el juego de las ideas se transforma en un proxenetismo de estados de ánimo volatilizadores. Es el nuevo patronazgo de los fundamentalistas del relativismo posmodernista, bruñidos con el aura panfletaria de una retórica de la sospecha que duda de todo menos de sí misma.
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