A veces, es necesario volver a ciertos “lugares comunes” cuando sentimos que algo nos estremece en la lectura de un texto. Es una salida para decir lo que no alcanzamos a nominar, lo que queda mudo, más allá de lo explicable.
Paisaje de arcilla, del escritor cubano Alejandro Aguilar provoca esa sensación. Materializa de manera rotunda la idea que no existe otra posibilidad de escribir literatura si no es a propósito de la vida. De los pocos o suficientes años que nos toca habitar el mundo.
La arcilla como metáfora de lo moldeable nos sitúa de forma brutal en el crecimiento de niños formados al fragor de la educación militar. Son pequeños, pero ya tienen asignado un rol, un futuro.
El libro se estructura en pequeños fragmentos, ágiles y brutales. Piezas que van construyendo un paisaje. Aquí no existen personas, nombres, ni detalles, ni estructuras síquicas; aquí lo que existe son “elementos”, cada uno signado con un número.
Cada número es un mundo propio, la materialización de la condición humana en cada uno de esos niños convirtiéndose en “hombres” que crecen violentamente.
En eso radica lo extremo y a la vez dulce de este libro, la experiencia de la formación militar desprovista de épica, de racionalidad y de sentido.
En el pasaje “Oficiales” leemos: “El director, un capitán bonachón y cara de persona inteligente. Fachada perfecta para un cerebro rígido…”. Hay aquí un doble sentido en la formación de los seres humanos, por un lado lo valórico y lo concordado; y por otra parte la razón instrumental que envuelve el devenir, algo más fuerte que los deseos. El discurso de las grandes epopeyas, del riesgo y de la tarea permanente.
Dicho de manera más radical la construcción de discursos deseables que al final del día nos devuelven al mismo sitio de partida: “la condición humana”.
En el capítulo titulado “Los elementos” encontramos algunas pistas al respecto: “Los elementos numerados. Los niños que se hacen hombres para defender la Patria. El orgullo de los padres. Unos años más y serán oficiales en las distintas armas; hombres de valor y muchas medallas. Algunos se asimilan a la maquinaria que se despersonaliza. Los más, soportan esperando su momento para el desquite…”
De esta manera y a través de un narrador que otorga pistas y sugerencias, Alejandro Aguilar nos enfrenta a la violenta dicotomía entre la esperanza y la realidad.
Porque en definitiva eso que nominamos realidad es un carga fuerte, sólo los discursos o relatos sobre ella nos hacen medianamente placentera su contingencia. Lo que sucede, al parecer, es que necesitamos dosis precisas de esa realidad, las adecuadas para vivir. Para que en el momento del ajuste necesario de cuentas cada cosa permanezca en su sitio, cada cosa tenga el justo valor.
Y esta “realidad” de jóvenes cubanos formados en una escuela pre militar, pudiendo ser cualquier escuela del mundo nos viene a recordar que hemos crecido, insisto, desde el lugar del mundo que nos ha tocado, en una tensa fragilidad, en una muda y a la vez dolorosa experiencia del crecer.
Y no se trata que los esfuerzos por dotar a la vida de posibilidades de construir algo mejor estén erradas, no es que el nihilismo y la inacción nos consuman. Simplemente es que cada acción que compromete esos juicios nos enfrenta al espesor de lo cotidiano, al duro y a la vez hermoso ejercicio del vivir.
Porque todo esfuerzo estará condicionado a la fragilidad, al azar, a lo efímero en su expresión máxima. Esto queda ilustrado de manera ejemplar en “Elemento 851”: “Se gasta en estos cuatro años todo el humor que genera la humanidad. Su agudeza no desaparece ni en el polígono militar, ni en el campo de cañas, ni aún en las peleas rutinarias cuando recibe más golpes de los que da. Una desgarradura en su uniforme le merece un reporte y advertencia de que debe coserlo en el acto. Allí viene el elemento 851 con un calcetín adherido por fuera a su hombro, cual charretera de ilustre mariscal. Logra quitarse de encima castigos y malas calificaciones a fuerza de humor. Años después, su risa termina en un helicóptero tocado por fuego enemigo en una guerra lejana”.
Alejandro Aguilar tensiona las posibilidades, deja al descubierto que en definitiva los sentidos finales del existir y la manera en que sobrevivimos puede terminar abruptamente en un lugar lejano a casa y en una guerra que no nos pertenece.
Paisaje de arcilla, es un texto construido a retazos, cada pieza funciona y constituye un mundo por sí sola. Se leen por separado y funcionan como cuentos, como microcuentos, incluso como poemas. Lo que une a estas escenas corresponde a la imagen de la arcilla, lo que se está moldeando, lo que resiste, lo que podría llegar a ser, el relato que nos enseña la existencia de un bien superior, una fuerza colectiva posible de compensar los sacrificios, aunque no alcance para todos, una tierra prometida a la que sólo algunos llegarán.
Esos niños sufriendo el rigor de la formación militar son parte del engranaje, son la posibilidad de mantener viva la pasión de mejorar las cosas. Y aparecen como depositarios de una verdad que funciona en cualquier lugar del planeta, en la demencia de un mundo que nos acoge pero nos exige, que nos eleva pero no nos perdona la debilidad.
Otra fotografía ilustrativa de esto es el pasaje “Los domingos” : “Llegan los familiares, los amigos y las novias. Las grandes naves dormitorios se vacían y alrededor de los pinos de la entrada se desparrama con el desenfado de un picnic. Es el momento de las dulces mentiras y el vano orgullo. Los te quiero y los pórtate bien. Cada muchacho es el más es el más inteligente y aplicado, el más valiente, el más fuerte, el más… Detrás, el tedio, los insoportables días de marchas y órdenes, de gritos y disciplina férrea, de imposiciones y abusos. La escuela es el orgullo del país por esos días”.
El escenario y la puesta en escena quedan de manifiesto. No es que el cinismo se imponga, lo que sucede es que se requiere coherencia, se precisa reafirmar el discurso, porque cada cual ha puesto lo suyo, ha empeñado sacrificios, esperanzas, ha pensado que es posible construir razones de peso que fundamenten el sacrificio.
El concepto de Patria compensará de alguna manera las dudas, los errores, nos hará sentir un poco mejor y nada importará. Estaremos felices.
Y aparece esta galería de “elementos”, personas de carne y hueso, con nombre y apellido y con domicilio conocido. El autor los delinea. Hay un relato más allá de lo que se dice. Existe otro universo configurándose tras las pinceladas de la narración.
El narrador se sincera y finalmente se expone. Ha preparado el momento preciso para develar su desgarro, su humanidad y lo afirma en “Lección de honestidad”: “…En la tribuna que preside el polígono de marchas y los actos masivos, aparece una valla con una inscripción en letras rojas: `LA ARCILLA FUNDAMENTAL DE NUESTRA OBRA ES LA JUVENTUD, Ernesto Ché Guevara. El día señalado se inicia con un nerviosismo evidente entre la oficialidad. Los alumnos en cambio, se mueven entre las obediencia a las miradas fiscalizadoras de los jefes y el desgano cuando están fuera de su alcance”.
El texto se adhiere a lo más mínimo, a ese día a día que nos interpela en soledad. Se muestra repentino para desnudar las apariencias, lo correcto, la historia profunda. Establece una justicia dura, pero necesaria, a la que pertenecemos más allá de nuestras ilusiones.
Sergio Ojeda Barías
Santiago de Chile